El CAINA: Chicos en situación
de calle
SUJETOS DE DERECHOS
En San Telmo y sus
alrededores N° 81
Agosto 2005

Muchas veces miramos sin ver inmersos en la rutina cotidiana.
Por eso seguramente usted habrá pasado por Paseo Colón
entre Cochabamba y Juan de Garay y no se percató que en la
vereda del ex Ciclo Básico Común de la Universidad de
Buenos Aires, hay una puerta multicolor y cuasi estrafalaria que de
vez en cuando se abre para dejar pasar algunos jóvenes y adolescentes.
Allí, en el número 1366 de la avenida que recuerda al
marino genovés al servicio de los Reyes Católicos "artífice
de su desgracia" al decir de los descendientes de aborígenes
americanos, funciona el Centro de Atención Integral Niñez
y Adolescencia (C.A.I.N.A), un organismo dependiente de la Dirección
de Niñez y Adolescencia de la Secretaría de Desarrollo
Social del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
"La Universidad de la calle gradúa" sostienen algunos
en forma errónea, superficial y ligera para caracterizar el
proceso acelerado e incompleto de maduración que sufren los
chicos que viven en situación de calle, que por otra parte
son cada día más numerosos como producto de la pobreza
de sus familias y sus derivados. Diversas son las jurisdicciones que
los atienden y diversos también son los enfoques, pero sin
duda el considerarlos sujetos de derechos y por lo tanto apostar a
que el chico decida por sí mismo salir de la calle, es lo que
hace a esta institución diferente a muchas del rubro. Reforzar
el sentido de identidad si está desdibujado o crearlo si no
existe, a través de la educación, es uno de los ejes
transversales que atraviesa todo el quehacer y a ello apunta la tarea
de psicólogos y sociólogos primordialmente, al mismo
tiempo que a través de los talleres (expresión, escolar,
radio y de género), se hace un intento paralelo de reinserción
en el sistema educativo formal, porque muchos de los chicos tienden,
por el tipo de vida que llevan, a desertar del sistema educativo.
Al Centro se llega referido por iguales. Un chico de la calle le
comenta a otro que hay un lugar donde se puede estar desde la mañana
hasta la tarde sin ser agredido ni molestado, aunque desde abril de
este año hay operadores institucionales en la calle para detectar
y atender a aquellos chicos que no hayan sido referidos aún
y sea necesario hacerlo.
El lugar está abierto de 8,30 a 17 hs., pero la mayoría
alrededor de las 16 hs. se empiezan a retirar. Cuatro de cada diez
chicos, de los 50 a 70 que pasan por el Centro de lunes a viernes,
tienen entre 12 y 15 años (el límite es 18 aunque en
casos excepcionales se supera esa barrera) y nueve de cada diez de
ellos residen en la provincia de Buenos Aires. En términos
de género, por cada siete varones hay tres niñas, y
la tendencia indica un aumento de estas últimas. Cuando hace
13 años se puso en marcha la institución, las cifras
indicaban que había solamente una mujer cada diez varones.
La actitud de los vecinos frente a la institución es dispar.
Están aquellos que no los pueden ni ver, tanto a los chicos
como a quienes los atienden; otros opinan que es bueno el programa,
pero desearían que el Centro se mudara a otra parte porque
sostienen que su presencia allí aumenta la inseguridad reinante
debido a la tipología de los huéspedes transitorios;
no faltan, por último, esas almas sensibles que hacen su aporte
a través de ropa usada para la ropería del CAINA o de
una suma de dinero por intermedio de la cooperadora de la institución.
Los chicos llegan con carencias de todo tipo, no sólo alimenticias,
educativas o de salud. La mayoría carece de documentación,
problema que buscan resolver los operadores apelando la mayor parte
de las veces a mecanismos peculiares para lograrlo, ya que no hay
una adecuada articulación entre las diferentes dependencias
y jurisdicciones oficiales. El interrogante que desvela al personal
del CAINA es ¿qué hacer cuando el chico desea, luego
de ese proceso lento y trabajoso de asumir su identidad como persona
y sujeto de su historia, salir de la calle?. No hay programas que
continúen y refuercen esa toma de conciencia con acceso al
mercado laboral o a niveles superiores de educación, para posibilitar
que cada chico pueda llegar a un cambio significativo que le permita
mejorar su nivel de vida.
Por supuesto que los chicos en situación de calle son muchos
más. El CAINA es casi como un granito de arena en el desierto
del Sahara. Pero el principio de la solución del problema,
más allá del contexto socioeconómico nacional,
no es crear uno, dos, tres, muchos cainas. Es dar respuesta a ese
interrogante grande como el obelisco, que preocupa al personal de
la institución cuando reflexionan sobre la proyección
a futuro de su empeño de hoy, cuando esos adolescentes deban
dejar el programa no sólo por disposiciones reglamentarias
sino porque como sujetos de derechos que son, aspiren a ser dueños
de su destino aunque deban andar mucho para hacer el camino.