Gustavo Pontelli

GUSTAVO PONTELLI

EL CRACK DE SAN TELMO

En San Telmo y sus alrededores Nº 31

Agosto 2000

Es jugador del Club Atlético San Telmo, y el 17 de junio último jugó su partido número 200 vistiendo la azul y celeste. Durante los 7 años que pasó en el club tuvo campeonatos, un ascenso, tristezas y lecciones. Hoy es un hincha más que sale a la cancha con su mejor arma: la gambeta.

"Yo no quiero ser fanático, pero el gol del Turquito me hizo acordar mucho al de Maradona contra los ingleses", comentaba un fanático sonriente y satisfecho de haber disfrutado una vez más un golazo.

El Turquito, como muchos lo llaman, es Gustavo Pontelli, un pibe de 28 años que lleva el 10 en la espalda y algunos lo reconocen como "El Maradona de la B", sin dudar que el Turquito en primera "A" sería un grande.

Jugar en la divisional más alta era su sueño cuando la pelota comenzó a acompañar su pie izquierdo. Sin embargo, la suerte no se hizo amiga.

Nació en el barrio Caseros de la Provincia de Buenos Aires el 4 de febrero de 1972 y cinco años más tarde nacía en el barro del potrero el jugador y su imaginación. "Cuanto más gambeteo más seguro estoy. Es un juego que me gusta y no se aprende en una escuelita de fútbol. Vivía en el potrero y creo que todas las jugadas que hago provienen de allí", revela Pontelli. A los nueve, sin dejar el juego en la calle, entró a las inferiores del club Chacarita y se entrenó con un solo objetivo: la primera "A". Pero Chacarita desciende a la "B" en 1986, y Pontelli, que no quería bajar de categoría, le pidió al club su pase. Pero los trámites incomprensibles del fútbol lo obligaron a permanecer sin jugar por un año y medio hasta quedar libre.

"Mientras se solucionaba el problema, fue Cacho Alejos quien me trae por primera vez a San Telmo" recuerda el Turco. "En esa época tenía 15 años y al estar en inconvenientes mi pase, hacía unos líos terribles para poder jugar. Muchas veces firmaba las planillas con otro documento". Al poco tiempo dejó las inferiores de San Telmo para jugar como titular en la Primera "D", en el club J.J. Urquiza, por un año.

Luego, normalizada su situación, y convencido de que estaba a punto para hacer carrera en la A, se fue a probar al club Vélez Sarsfield. Allí es aceptado y bien visto por el técnico. "Pero faltaba un mes para firmar contrato, jugaba en tercera, a un paso de primera, y justo en ese momento cambian el técnico y terminé en la cuarta. A veces no me ponía ni en el banco". El turco hace silencio y continúa. Su forma de ser en los entrenamientos lo convence: "sé que tengo pinta de vago, creo que es por eso que los técnicos que no me conocen, se llevan una mala impresión al principio, pero a la larga me ponen porque saben que les termino rindiendo".

Al no estar en los planes del técnico de Vélez, se fue y dio vueltas por otros clubes durante seis meses, hasta que volvió a San Telmo en 1993, con la idea de jugar por un año.

Los partidos pasaban y el "Turquito" con sus gambetas imprevisibles, el pase justo y sus goles, se fue metiendo a la hinchada en el bolsillo. Poco a poco comenzó a ser conocido como el 10 que el adversario respeta y trata de no dejarlo jugar. "Un sábado contra Talleres de Remedios de Escalada empieza el partido y de entrada me voy de punta. El número cuatro de Talleres me toca la espalda y me dice: ‘¿Vos sos Pontelli? Dejame de joder, el técnico se pasó toda la charla técnica hablando de vos, que tengamos cuidado, que te marquemos bien. ¿Quién sos?’. Me agarró una risa terrible en el medio de la cancha."

En su mejor momento, a un paso de salir campeón con San Telmo del Clausura 93/94 de primera "C" y a dos partidos de jugar la final, se rompe el tobillo: "tuve que pasar 6 meses de recuperación y quedar afuera de los partidos decisivos. Aún hoy me agarra un poco de miedo cuando se tiran al piso para barrerme porque de la fractura no me olvido más." Pero el Turco volvió, y en 1996 ascendió a Primera "B".

Ese sueño que nació en el potrero de jugar en la "A" se desvanece lentamente: "Tengo 28 años, no salí de acá, y estoy medio cansado de todo esto. Quiero seguir jugando pero te cansa un poco eso de no cobrar, que te deban plata, ir a probarte a primera y que no te tengan en cuenta. La única forma de jugar en la A es que te lleve el técnico. Todo eso se suma y te tira un poco abajo. No jugar en primera pasa mucho por la suerte. Sé que si voy a primera rindo. Te sacas al hombre de encima y tocas. Eso es lo que hacen todos los de primera. Muchos dicen que el jugador de ascenso en la "A" no la pisa."

El turco se fastidia y desafía: "Probame a ver si es verdad, yo entrené con jugadores de primera, sé como es, no hay una gran diferencia. Dame una continuidad de unos meses, dame la cancha de primera, con sus dimensiones, el césped que es un villar, donde la pelota pica y se desliza de maravilla, y vamos a ver si lo hago o no. Jugar en el ascenso es muy distinto a estar en primera A, ahí cuando terminan de entrenar tienen dos masajistas, todas las vitaminas a su alcance, dos médicos, tienen todo. Yo termino de entrenar y tengo que subirme a un auto para trabajar de remisero."

ASOMANDO POR EL TUNEL

Es sábado por la tarde, es la cita obligada en la Isla Maciel, es rencontrarse con el alambrado y el tablón.

Igual que los minutos, los 22 corren. La pasión es la misma de siempre, la inquietud es cada vez mayor: "el empate no sirve", "hoy hay que ganar o ganar" y el hincha se aferra a una ilusión, quizás la única que tiene en toda la semana.

De pronto el ataque se detiene, el número 10 la pisa, está fuera del área, levanta la cabeza, el contrario está descolocado, no sabe qué va a inventar... pero el hincha, el observador de fútbol, conoce esa estirpe. El estadio enmudece, los que cargan con el azul y celeste se lo imaginan. Todo transcurre en un segundo para el rival, pero para el fanático es una eternidad que se saborea. Unos aprietan con fuerza los rombos del alambrado oxidado, otros dejan de saltar sobre el tablón y tocan al que tienen más cerca como avisando lo que va a venir. Todos se van preparando. Están seguros, no se pueden equivocar. Es el 10, ese petisito retacón de pelo largo; el atorrante, el que lleva el potrero en el alma, el que se pone el equipo al hombro y hace que el 11 contra 11 sea un mito. Él es "el Maradona", está un segundo adelantado, todo gira alrededor de su pie y de la maravillosa creación del desfachatado; algunos lo tildan de vago, de un jugador excedido de peso, "es una pena" dicen otros, pero... ¿Qué saben?

La defensa duda, el arquero está atento y el estadio sigue en un silencio sepulcral, solamente alguien que lo conoce agita su garganta: "a ver Diosss!!", grita. Y el botín la acomoda, la suspende en el aire, y la hace girar en comba hacia el arco. La pelota entra por el ángulo, recorre el vértice que forma la red, y mansa, sin rebotar, se queda fija en el césped. Y el 10 sale corriendo. No lo pueden parar y comienza a volar. El hincha se llena con el grito universal y se suma al vuelo. Todos saben que la emoción va a perdurar en el fanático, pero no en el que no conoce, no entiende. Esos lo olvidarán como siempre, lo hacen crack y cuando no sirve más, lo desechan. Como dice un candombe, esos son los que lo devuelven a su suburbio de la niñez mientras le gritarán en la cara: "Usted no es nada, ya no es usted." Pero qué saben ellos!!

A Gustavo Pontelli. Gracias.

Patricio Escobar

 

 

 

 
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