VARADOS EN EL PARQUE LEZAMA

En San Telmo y sus alrededores Nº 37

Mayo 2001

Es otra sudestada en Buenos Aires. Hace más de cuatro días que no para de llover, el viento arranca árboles de cuajo y retuerce chapas como papel. Las calles están desiertas. Víctor Niejvrac permanece adormecido bajo una gran palmera del parque. Se despierta, sale de su posición horizontal tan sólo para tomar cachuña –alcohol fino rebajado con agua- y vuelve a caer. Duerme, se despierta, toma cachuña, y vuelve a caer.

Así soportan el frío y el hambre los rusos del Parque Lezama.

Víctor es uno más que está varado en Buenos Aires, la empresa pesquera rusa en la que trabajaba quebró. En 1991 cayó la Unión Soviética, cayó el buque pesquero de una compañía argentino – letona y cayeron sus tripulantes en puerto argentino.

Víctor sobrevivió a la guerra de Afganistán como francotirador, al finalizar la guerra se embarcó en el buque pesquero por un mísero sueldo que nunca vio. En Buenos Aires no había dinero que alcance y junto a seis compañeros encontró refugio en el parque. Debían pasar el invierno y el alcohol era un buen aliado. Cruzaban la calle Brasil para pedir ayuda a la iglesia Ortodoxa Rusa pero el cura se cansó: "ellos lo único que buscan es emborracharse, no hacen nada para salir de esa situación".

Haciéndose entender por señas y algunas palabras en español, enseñadas por Eugenio Zaitzsev, que sabía siete idiomas y era ingeniero mecánico, pedían limosna en los semáforos de Paseo Colón. También pedían trabajo, pero no era fácil. Los pasaportes ya no estaban, se perdieron, los trámites del DNI requerían una fortuna que no tenían. Y gracias a algunas changas, los pesos que juntaron lo invirtieron en la Costanera Sur y compraron un espacio en el espigón por 100 pesos. Allí vivieron siete rusos. Pero cuando el Gobierno de la Ciudad comenzó a poner linda la costanera, los corrieron del lugar. Mientras estaban ahí tenían techo, cocina y estufa. Después del desalojo, volvieron a las calles de La Boca, Catalinas y San Telmo. Muchas veces fueron seducidos por los sin techo para ocupar casas abandonadas. Pero "eso es ilegal", decía Eugenio, "nosotros no queremos problemas con nadie".

Hoy son pocos los que quedan del buque, muchos son inmigrantes ucranianos que traen todo su capital de la tierra natal porque allá no se puede vivir más, y acá, empresas fantasmas le prometen trabajos de altos cargos que nunca llegan. Cuando el entusiasmo se va y los ataca la incertidumbre, se emplean como vendedores de café, cubanitos y helados. Algunos logran sobrevivir, otros se dan cuenta que todo el planeta está igual y ansían volver. Pero no les queda nada ahorrado, dejan el hotel y mueren con sus compatriotas en el Parque Lezama.

La ayuda de ropa y comida que algunos vecinos les acercan no alcanza. Volver es casi imposible.

Ellos no pertenecen más al bloque soviético, ahora, son ciudadanos de países independientes, que en su mayoría, no cuentan con embajadas en el país. Otros, como Ucrania, están representados pero les piden para regresar cifras siderales que nunca logran juntar, y se cansan, los laberintos burocráticos no dan de comer.

Y están a la intemperie, llueve granizo y hace frío. Eugenio, el ingeniero, se refugió en un auto abandonado pero con sus 43 años no soportó la helada. Fue la muerte número ocho que contabilizaron los rusos.

Cuando para de llover, Víctor sigue inmóvil en el césped, la cachuña hace rato que permanece intacta en el recipiente de plástico. Los médicos del Hospital Argerich dan su veredicto. Murió de coma alcohólico. Es la víctima número nueve.

Patricio Escobar

 

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