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CENTRO
CULTURAL FORTUNATO LACAMERA
TALLER
LITERARIO
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En
San Telmo y sus alrededores Nº 24
Todos los lunes, de
18.30 a 20.30, nos reunimos en San Juan 353 para leer
lo que escribimos, y lo que escriben los otros. Lo leemos
y lo criticamos, lo trabajamos, lo disfrutamos, a veces,
incluso, lo publicamos. Juntos damos forma al Taller
Literario del Centro Fortunato Lacámera de San Telmo.
En los encuentros no
sólo participan los que escriben, también están los que
disfrutan escuchando los sonidos de un texto, aportando
en una lectura que vaya un poco más allá de la superficie,
hurgando en los juegos que plantean las palabras. Ahí
estamos, todos los lunes.
Pero ahora -para compartir
algo de nuestro trabajo- vaya un texto de uno de los integrantes
del Taller.
HOMBRECITOS
El humo del
café se eleva interponiéndose a la imagen borrosa del vidrio.
Saco del bolsillo cuatro hombrecitos, los arrojo dentro
de la taza, los revuelvo y lo pruebo.
Busco la lapicera para
escribir algunas ideas de media tarde. Concentrado me
pongo melancólico, clavo los codos en la mesa y me apoyo
en las manos, entonces siento que una niña cae de mis
ojos.
Vuelvo sobre la realidad
y observo que el aire se destiñe.
La lapicera
se ha quedado sin tinta, revuelvo en el bolsillo y escojo
uno, lo retuerzo y dejo que su sangre cargue mi lapicera;
era noble pues su sangre era azul, sonrío y tiro los restos
en el cenicero junto a los zapatitos chamuscados del hombrecito
que acabo de fumar.
Intempestivamente eructo
y un gusto a cadáver de mala gana me recuerda cuanta desconfianza
le tuve a aquel bocadillo, no me gustó, parecía de luto.
Comienzo a sentirme mareado como si la mesa y la gente
hicieran una danza indígena, cuando me estoy incorporando
una avalancha sobreviene sobre mi boca y mi estómago es
una revolución.
Inmediatamente desparramo en la mesa pedazos de hombrecitos.
Entre la multitud la distingo, me sobrepongo a la circunstancia
y la tomo entre mis dos dedos por la cintura, es ella,
la dama negra; no debía devorármela entera, ahora la maldita
tiene esa irónica sonrisa dibujada, la arrojo al piso
y la aplasto retorciéndola bajo el zapato de un lado al
otro, siento un leve gemido y digo -riéte ahora.
Me siento tan descompuesto
que al sacar del bolsillo algunos hombrecitos siento náuseas,
me sacudo como si un terremoto corriera en forma de aire
y trago con dificultad. Escojo un par de mujeres blancas
y diluidas, les quito las sombras, las mezclo en un vaso
de agua y las digiero.
De pronto siento que cinco
enormes bloques me toman por entre las costuras, me enrollan
en un papel gigantesco con cientos de hombres y lentamente
comienzo a quemarme.
Marcos
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